Última crónica de una muerte inesperada

Actualizado: 4 feb 2021

La carta que prosigue a esta introducción fue traducida al castellano en el 1654 por el fraile de la Merced toledano, Pedro de Henares. En ella, se narra lo sucedido a un misionero jesuita, de vocación evangelizadora, en las junglas de las Amazonas a principios del siglo XVII. La carta, que originalmente se escribe en la lengua nativa, es dedicada a una tal “vuestra merced”, de quien no he podido encontrar referencia alguna. Tampoco he podido encontrar el autor original de la carta, aunque posiblemente haya sido algún neófito inteligente o mis sospechas al padre Alonso Rodríguez y Olmedo, quien acompañó en la misión al jesuita y murió varios días después de él, a manos indígenas. Sin embargo, aquello que si he podido encontrar es que expone la última crónica dada a conocer de una muerte inesperada…


“Que complazca a vuestra gran y real merced de conocer las circunstancias del martirio de su humilde y fiel sacerdote, Gabriel Emérito de Alba. En el duodécimo año luego de vivir en la más noble y sagrada misión de San Ignacio de Miní, el padre Gabriel celebraba la Eucaristía en honor al santo patrón de Loyola, fundador de la Compañía. Al terminar de pedir por las intercesiones de plegarias y por la cercanía perpetua con Nuestro Señor, se retiró a su modesto aposento, uno que hasta el propio San Benedicto consideraría como pobre a su sentir. Estando allí descansando las pocas horas permitidas a un soldado de fe, fue capturado por un indio flechero seguidor de Ñezú, hecho que no nos percatamos hasta luego de no verle en las clases de ciencia natural que solía dar su hermano Juan del Castillo y que éste asistía para aconsejarle. Al no encontrarlo en la capilla ni en el baptisterio, ordenó el sacerdote Roque González y de Santa Cruz de salir a buscarlo por los alrededores, ya que con su sentido de aventura no podía irse demasiado lejos. No fue sino un indio andino que iba de camino a su aldea, quien se vino a topar con el destino del padre. Solamente pude escribir lo que logré recopilar de sus anécdotas, por lo que espero que vuestra real merced tenga clemencia de mis palabras y conozca el suceso de lo que nos espera a los creyentes en Cristo Jesús…


Golpeado en la cara, cuerpo y piernas con un garrote, el padre fue atado a un árbol muerto que había en el centro del parque ceremonial guaraní. Viendo de lejos las prácticas que hacía el cura con agua en las cabezas de sus enemigos, el bohique hirvió agua dentro de una caldera y, con mucho fervor se la vertieron sobre su propia cabeza, dos o tres veces corridas; pararon cuando ya el cura no tenía fuerzas para gritar por el dolor. Luego, tomaron el puñal ceremonial ubicado en una mesa de piedra y afilándolo, le cortaron un trozo del hábito que llevaba puesto, dejando expuesto su pecho desnudo ante ellos. Tomó el cuchillo, el jefe, y enterrándoselo en el pecho izquierdo, sacó el corazón latiente del padre y lo enseñó a todos sus seguidores. Después de haberse pasado el corazón entre las manos de cada uno, optaron por comérselo frente a su cara, simbolizando la derrota de un enemigo.


Ante esto, vuestra real merced, no puedo informarle más nada, salvo que el padre Gabriel murió prontamente luego de su tortura. Me contaba el indio, a quien decidí apodar como Melquiades, que las últimas palabras del mártir fueron plegarias a Nuestro Señor para el perdón de los pecados de sus asesinos y la encomienda de su alma a las voces angelicales que escuchaba en el cielo, tal y como lo hizo El Santísimo en su Cruz. No pasó mucho tiempo para que vinieran por los otros de la Compañía y sufrieran el mismo destino que su hermano en Cristo. Ahora, vuestra merced, la misión está destruida y todos sus sacerdotes están muertos. Pero en realidad soy yo quien ha muerto y ellos quienes viven, pues aquellos que se han ido seguirán viviendo en la mente de los vivos.”

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