La presencia de la fe

Hace poco nuestras vidas fueron arruinadas. Nos hemos quedado viviendo en las ruinas. Aquí no hay nada, solo soledad, miseria y abandono. Hace dos mil años hubo una revolución en Galilea que nos llevó a caer en la soledad de hoy. El mundo cambió y pocos hablan de esto. Nos hemos olvidado del pasado para enfocarnos en nuestro presente. Aquí Dios no existe. Dios está muerto. Está muerto en nuestra memoria y en nuestra mente, pues lo hemos olvidado. Ya no se vive la palabra. Ya no se escucha al espíritu. Nos hemos apegado tanto a nuestra valentía y sociedad que nos auto declaramos dependientes cuando somos cojos. El servicio religioso ya no se vive. No se escucha el tañido de las campanas llamando a la gloria. Se nos olvida que hace bastantes años estuvimos con el Padre y allá volveremos en nuevos años. ¿Verdaderamente nos hemos olvidado de la fe? ¿Somos tan hipócritas, que, al momento de predicar, damos la paz con una mano y matamos con la otra?


Ya nadie reza. Ya nadie cree en la Salvación. Hablar bien de Dios está prohibido. Nosotros mismos nos hemos salvado. El dinero y el placer nos ha salvado. No importa Dios ni la vida eterna. No importa el milagro ni la alegría. ¿Dónde estás Dios mío? ¿Acaso ya no te importamos? Buscamos evidencia para lo incomprobable. ¡Queremos ya la segunda llegada del Mesías! Somos seres impacientes. Estamos tan aburridos en este mundo, que la única opción de diversión es alejarnos de lo que nos ama. Sin embargo, padecemos de frío y, al alejarnos, nos morimos por falta de calor. Hasta la propia parroquia está pasando frío y se están muriendo los fieles. Son muy pocos los que si viven calentados y conformes en sus vidas. Son muy pocos los que sí han podido ver fuera de la fachada que nos tira el mundo como soga de la salvación. La realidad es una y una sola: Dios sigue vivo y Dios nos está viendo. Dios está en la aurora y en las tinieblas. En el principio y en el fin. No se puede escapar. Estamos guardados en el mundo más libre que existe, pues la palabra de Dios no está encadenada. La Palabra nos deja libres y nos ofrece la verdadera salvación. Regocijemos, pues ya no tenemos que ser presos de la sociedad. La sociedad perdió y Dios ganó. ¡Somos libres de alma! ¡Dios está en nosotros! Bienvenida sea la felicidad de la mañana a aquellos pocos que sí la quieran a tomar, pues te espera con los brazos abiertos como nunca.

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