Malestar de corazones

Cada ser humano tiene algún tipo de defecto, pues si cada uno fuese perfecto, ¿que quedaría de la parte humana? Por esto ocurren las enfermedades, que a veces creemos poder detener cuando ya estas se han apoderado de todo el cuerpo y la mente y solamente resta la llamada final del viento a extinguir la llama de la vida. Si existe malestar en el corazón, rápido corren a un cardiólogo que receta la pastilla a y b para poder apaciguar el dolor que determina la fortuna de la vida. No obstante, nos creemos que solamente hay un corazón, el corazón humano de uno mismo que palpita a cien veces por minuto y que bombea y limpia la sangre del cuerpo. Sin embargo, el humano ha tenido la dicha de poder tener dos corazones, aunque el segundo es mayoritariamente despreciado. Y de este corazón abandonado es de donde surge la pandemia más grande de la historia humana: el olvido.


No se trata de un descuido de memoria donde la cura está en el alma verde recolectada por el mismo que la crea, sino que es un olvido mayor. Nadie, en realidad, tiene buen recuerdo pues el abandono del que se habla es el peor de todos: el descuido al amor y al corazón. Uno se excluye del que sufre y del que extiende la mano para pedir que lo levanten, especialmente si este ha vivido o vive en el estado mísero del suelo, donde sus únicos amigos son dos lombrices y el pájaro que intenta atacarlas. Y aquesta persona que se arrastra, aunque uno no lo crea, es la más mística de todas, pues no se olvida de aquel que le negó la mano para poder pedírsela cada día nuevo que pase. En efecto, el olvido si es lo que debilita el corazón divino pues es la blanca rosa con su tallo de espinas.


Entra por la puerta el ataque al corazón divino y sale por la ventana la esperanza de vida del humano. Empieza a subir el pulso y la presión. Empieza a salir el sudor. Los ojos se viran y esperan al más esperado con ansias buenas. ¿Dónde está el médico, que se muere el paciente? ¿Alguien lo ha llamado? No contesta… El galeno quedó olvidado por el paciente y ambos quedaron muertos en la sala por el malestar de corazones.

¿Quién era el médico y por qué no recetó? ¿Acaso verificaste las llamadas? Verifica y verás que era aquel hombre olvidado en la calle que alargó el brazo para ser rechazado que luego se encargó del velorio, del sepelio y del llanto que les correspondían a ambos. Y se queda el hombre contiguo a los epitafios llorando solo pues no queda nadie con el corazón limpio de malestares que desee darle la mano.

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