El ahogado desconocido



Nací sin nombre… Bueno, es un poco más complicado que eso. Tengo nombre, uno oficial que me apodó mi madre antes de morir sola en la calle, sin embargo, los que me conocen me llaman de varias formas. Aquellos más apegados a mí me llaman de una forma tan especial, reservada solamente para mí, que me siento elevado, reconocido, buscado en la sociedad. Cabe recordar que, al no haberme dado un nombre propio, siempre he sido marginado por la gente. Fue aquella tarde lluviosa en la que intenté entrar en una barra ocupada por una muchedumbre alborotada donde me di cuenta de mi estatus social. Al sentarme en el mostrador, avisté al camarero y este con una mirada punzante me avistó.


“Hola”, le dije saludándolo con malicia, pues sabía que ese mozo era muy joven y todavía era ignorante a mi presencia. “Deme lo que tengas de sobra de ayer… te daré mucha plata.”


Sin incertidumbres asintió el joven a lo que le pedí, y habiéndome traído la bebida, le gesticulé con una movida de la cabeza que me acompañara en la borrachera. Así lo hizo, obviando el resto de su clientela.


“Sois nuevo en este establecimiento, ¿no? Llevo años viniendo a esta barra y nunca me he topado contigo.” El joven nunca contestó, pero al cabo del tiempo vi que se enfocaba en mi rostro, como intentando descifrar el motivo de aquella pregunta. “Anda, tráeme la botella completa, que tú y yo nos beberemos nuestras penas antes de que llegue el alba y cante el gallo. Tengo la plata para pagarle, tranquilo.” Bebiéndonos la botella completa, y yo comentándole que trajera más vino, me puse a indagar sobre su vida personal.


“¿Tenéis novia?”, le pregunté con una sonrisa entre mis labios.


“No”, contestó débilmente, aunque vi que se enrojecían sus mejillas. “Pero tengo mi vista fijada en una moza. Se llama María Rosa. ¿La conocéis? Me dicen que conocéis a todos en el pueblo.” Le negué haberla conocido, aunque sabía que era mentira, pues yo también tenía mis ojos fijados en ella desde hacía tiempo. Era una mujer delgada y reservada, con una mirada tierna cada vez que atendía a sus clientes. Yo frecuentaba pasar por su casa, solamente para tener la oportunidad de oler su fragancia, bien merecida que la usaba.


Continué realizándole preguntas para conocer sus intereses, pasiones, deseos y fantasías. No pasó más de media hora en la que supe todo de su vida, solamente faltando escuchar su confesión final de muerte. Uniéndose a nosotros dos mujeres de mala pata social, le pedí al muchacho que nos trajese más alcohol, con el fin de ahogar las penas de las mozas contiguas a nosotros. Las trajo y le di la plata, hecho que notó y que tomó directamente del mostrador para colocarlas en su bolsillo.


En eso pasó por la puerta un tío de mayor edad, posiblemente entre los cincuenta o sesenta años, que se organizó en una mesa baja en la esquina de la barra. Creí que fuese un sacerdote, como mi amigo el Padre Iscariote, quien fue llevado a la guarnición con el propósito de predicarle a unos rehenes y nunca regresó. No obstante, no lo podría ser, pues si fuese un párroco, habría entrado en el lugar equivocado, pues los curas beben en las misas y ya aquí no queda vino para que su señoría consagre.


Lo vi levantarse con su cuerpo frágil y pronunciar un discurso anteriormente preparado que no recuerdo bien, pero me queda en la memoria algunas frases que, ciertamente, hacían alusión a mí.


“Vayan, entren en las barras y bébanse todo lo que puedan. Y cuando hayan bebido hasta más no poder, sigan bebiendo hasta que el riñón les colapse en mil cantos y salga en su digestión. Vayan y tomen los cigarros entre sus manos. No lo piensen más. Préndanlos y fúmense los dolores de la vida. Vayan y gocen de todo su dinero, de los placeres de la vida, de la explotación de los trabajadores, de la violación de mujeres de todo lo que les dé la gana. ¡Dejen que su alma sea libre por la gloria de ustedes mismos!”


Luego comentando en una voz más seria, pero esperanzadora:


“Y solamente vuelvan cuando tengan la valentía de enfrentarse cara a cara con ustedes mismos y quieran cambiar para el bien…”


Tuve que reírme del pobre viejo, pues gastó saliva de más en su discurso. No fui el único, pues una vez los aldeanos me vislumbraron la maliciosa sonrisa, se echaron a reír a carcajadas. Todos en unísono, como una bella opereta, riéndonos de aquel senil viejo. No tardaron en echarlo de la estancia, sin antes golpearlo bruscamente por haberlos desconcentrado de sus bebidas.


Le hice inicios al joven mozo para que me acompañara a mofarse del viejo en la entrada, pero ya había muerto. Me levanté de mi silla, besé los labios del cadáver y salí por la puerta de la estancia.


“Uno más”, pensé, “lo volveré a hacer mañana… interesante que todavía no me preguntan mi nombre.”


Y desta forma, nuestro protagonista tomó su paraguas, enfrentó la lluvia y se esparció entre la sociedad.



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