San Pablo Miki y compañeros mártires del Japón
- P. José Cedeño Díaz Hernández, S.J.
- hace 11 horas
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Pocos paisajes son tan elocuentes como el del Monte Fuji, que reina como un triángulo perfecto sobre el Japón. Todos hemos visto en los medios de comunicación, si no, personalmente, su cumbre coronada por las nieves perpetuas que lo cubren. Según la tradición japonesa, su perfección y su misterio hablan de que es la morada de los dioses que desde allí someten todo según la ley.
Sin embargo, para los cristianos japoneses hay otro monte, más bien una colina, mucho más modesta, que sirve de faro para la Iglesia de Oriente: es la colina de Nagasaki. Allí fue martirizado San Pablo Miki, Diego de Kisai y 25 cristianos más. Esa cima no la cubre la blanca pureza de la nieve. Sobre ella se derramó la purísima sangre de estos mártires. Desde Nagasaki ya no gobierna la ley de los dioses, los de antes y los de ahora (el poder, el dinero, el egoísmo del yo…), sino la Ley verdadera, la ley del amor.

Una Ley que se explica desde la Cruz de Cristo. Literalmente pocos santos podrían proclamar como San Pablo Miki, Diego de Kisai y sus compañeros mártires que Dios es el Señor de la Creación, que toda la belleza de la creación debe proclamar su gloria. No la gloria de los poderes del mundo. Sólo Él merece nuestra adoración que consiste en vivir en el orden que Él mismo ha establecido como lo narra el relato del Génesis, cuyo punto álgido es la vocación del ser humano: “ser imagen y semejanza suya”. La sencillez de la colina de Nagasaki tiene por eso más luz y belleza que el majestuoso Monte Fuji. Desde ella Cristo ilumina aún a toda la Iglesia en los cristianos que son imagen y semejanza de Dios.
En el fondo el martirio de San Pablo Miki y sus compañeros es la invitación a vivir unidos a Cristo y a identificarnos con Él. Es la gracia de la que habla San Ignacio en su Autobiografía: volverse loco por Cristo; porque sabemos “a quién hay que temer” … Pues de ni uno solo se olvida Dios…
Por eso las Actas del Martirio de San Pablo Miki y compañeros, hablan de que el rostro de todos ellos irradiaba alegría, porque estaban unidos concretamente a la Cruz. Hacia Ella todos debemos mirar porque desde ella Jesús se pone de nuestra parte ante los ángeles y ante los hombres y no nos renegará, sino que nos abrirá las puertas de su corazón para que sea nuestra casa por siempre. Ése es el monte más bello y sublime: Cristo, Señor Nuestro.
