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Homilía Miércoles de Ceniza 2026


 

Quisiera, queridos muchachos, hablarles de uno de los santos jesuitas más importantes, que, en lo personal, me da mucha devoción: San Francisco de Borja.  Fue amigo de San Ignacio, uno de los primeros jesuitas, y también general de la Orden.  Creo que además de hacerlo conocer, San Francisco de Borja nos puede ayudar a entrar como buenos ignacianos en este tiempo santo de la Cuaresma. 

 

En mayo de 1539 moría la mujer más hermosa de Europa, se llamaba Isabel, esposa de Carlos V en cuyo imperio “jamás se ponía el sol”.  Ella era, sin lugar a duda, la mujer más poderosa de su tiempo.  Lo tenía todo: belleza, dinero, posesiones, poder…  pero de un momento, lo perdió todo… porque el fuego de la vida se le extinguió. 

 

Así la corte imperial preparó su entierro en una larga comitiva de varios días, desde Toledo hasta Granada.  La acompañaría el corazón enlutado de Francisco de Borja, valido y amigo del Monarca.  Él sería el guardián y el testigo de la sepultura de la emperatriz. 

 

Ya frente a la tumba, había que identificar los restos y destapar el cadáver.  Cuando Francisco de Borja se acercó, vio que la mujer más hermosa y poderosa del mundo, se había convertido en una masa de cenizas.  Todo lo que era ella se descompuso, solo quedaba putrefacción y cenizas.   

 

Francisco se estremeció totalmente y con el alma sacudida dijo a todo pulmón: “Jamás volveré a servir a un rey que muera”. “Así pasa la gloria del mundo”, toda la belleza, el poder, las posesiones, los títulos, el placer, la fama... Francisco había decidido ya no seguir a las cenizas, sino seguir el único fuego de la vida que consume todo en el amor: había decidido seguir a Jesús. 

 

Hoy todos nosotros, junto a toda la Iglesia seremos marcados por las cenizas.  Es lo que hay detrás de nuestras fachadas, a veces sinceras y a veces cosméticas… cenizas…  Es el vacío que escondemos en el mundo superficial de lo que pretendemos mostrar, en el tik tok, el instagram… subiendo fotos con bebidas o en yates, con selfies de un narcicismo tremendo…  

 

Todo eso es ceniza… el signo de que dentro somos polvo cenizo que cualquier ventolera se puede llevar. 

 

Sin embargo, nuestra actitud no debe quedarse en la triste fatalidad de que las cenizas son el fin.  Ellas son un recuerdo del verdadero fuego que habita en el alma de todos los cristianos y que con sus llamas nos quema y nos consume para que no sirvamos a reyecillos de este mundo que se mueran.  Son los reyecillos “de pacotilla y de cartón” que quieren hacernos títeres de malas costumbres y de malos tratos, que quieren engañarnos dándonos cosas para que le sirvamos como esclavos. 

 

Por eso hoy, marcados por la ceniza se nos recuerda, a Aquel que nos purifica con el amor, ¡Dios mismo!  Solo a Él hay que amar, sólo a Él hay que servir, para que superemos la tristeza de las cenizas y sirvamos al único Rey que no muere.   

 

¿Qué decirle a ese Rey eterno?   Pues nuestra oración de este tiempo es la que proclama la primera lectura: «Perdona, Señor, a tu pueblo; no entregues tu heredad al oprobio, no la dominen los paganos; no se diga entre las naciones: ¿Dónde está su Dios? El Señor tenga celos por su tierra, y perdone a su pueblo.» 

 

Y la respuesta de Dios es maravillosa, como la luz del fuego que nos purifica.  Dice la Palabra: «En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda»; pues mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación. 

 

Por eso, queridos muchachos, hay que despertar y mirar a Cristo con la misma actitud de nuestro San Francisco de Borja: servir a Jesús, que es el Rey que no muere jamás.  No sirvamos gente que no vale la pena, amigos falsos que nos engañan ofreciéndonos engaños y porquerías, impurezas que nos manchan el alma… ¡no sirvamos a la hipocresía y al engaño!  

 

De todo eso hay que hacer ayuno: ayunar de gente y de actitudes que nos hacen daño.  De todo eso hay que hacer penitencia porque hemos pecado y de entre eso hacer oración, para “estar con Aquel que nos ama”.  ¡Qué hermoso es ver que son muchos los ignacianos que se levantan para buscar a Jesús en el sacramento de la Confesión!  ¡Qué bonito cuando ustedes acuden a alimentarse de Jesús en la Eucaristía!  Esa es nuestra propuesta y nuestro reto en este tiempo santo. 

 

Que San Francisco de Borja, nuestro protector durante estos días nos ayude a todos nosotros a vivir una Cuaresma hermosa, cerca de de Jesús.  Lejos de la superficialidad, el pecado, la pereza… 

 

San Francisco de Borja nos ayudará a seguir sólo a Jesús, que saca de esas cenizas de nuestra vida un fuego nuevo que nos lleva a Él… Sirvamos solo al Rey eterno: a Cristo Señor nuestro. 

 

Amén. 

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