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Homilía del II Domingo de Pascua 2026 12 de abril de 2026



 

         Dice la sociología que de cada grupo social, aparecen algunos individuos que tienen características tan peculiares, que quedan marcados por ellas.  Nos damos cuenta incluso en nuestras conversaciones donde muchas donde la gente ya no tiene nombre, sino adjetivo.  Por ejemplo, se les dice: “el rubio”, “el gordo”, “el buena gente”, “la alta”.  La literatura y la fantasía han contribuido también.  ¿Quién no recuerda el famoso grupo social de los “Siete enanitos”?  Cada uno tenía su particularidad como “el enanito gruñón”, “dormilón”, “el mudo...”  Más recientes son los ejemplos de “los pitufos” o “los avengers”.

 

         Como grupo social, tampoco se escapan los apóstoles.  A Santiago y a Juan los llamaban “hijos del trueno”.  El propio Evangelio califica a Pedro como “el pescador” y a Judas como “el traidor”.  Es lo que ocurre con nuestro personaje de hoy.  Dejó de llamarse Tomás, para pasar a ser simplemente “el increyente”, “el que no ha creído”.  Es un adjetivo duro para alguien que había pasado mucho tiempo con Jesús, que había visto sus obras.  Y sin embargo no cree.  ¿Qué ocurrió en realidad?  ¿Cómo es posible que de la boca de un increyente o incrédulo saliera una de las oraciones más hermosas del Evangelio: “Señor mío y Dios mío”.

 

         Y es que el pecado de Tomás no era haber dudado de la resurrección.  Él había visto “los efectos del Resucitado”. Él había visto cómo los rostros de sus hermanos los apóstoles habían cambiado tras ese encuentro misterioso de Jesús.  Ellos estaban llenos de “paz y alegría”, como dice el Evangelio.  ¿Pero por qué entonces hizo esa petición?: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»  A primera vista parece una petición imprudente…  Pero, hermanos, es una sana imprudencia…

 

         Su problema no eran las dudas sobre la resurrección del Señor, no, no…  Sus dudas tenían un origen distinto.  Eran dudas por no sentirse amado por el Señor resucitado.  Y son dudas que a todos nos salen de vez en cuando.  ¿Por qué Cristo se manifestó ahí en ese momento cuando yo no estaba presente?  ¿Por qué vino a ellos y no a mí?  ¿Por qué Dios les hace caso a los demás y en mi vida permanace en silencio? 

        

Es la increencia al amor, el creer que no somos amados ni aceptados del todo…  Ni por Dios ni por los demás.  Las razones las da el inicio del Evangelio.  “Estaban con las puertas cerradas, por miedo”.  Se trata del vivir rehenes de nuestros propios miedos.  Los apóstoles tenían miedo a ser rechazados, miedo al qué dirán social, miedo a ser auténticos.  Y para eso habían levantado “zonas de comfort espiritual”.  Esta es una actitud muy usual que evita el riesgo y la confontación.  Pero el que no se arriesga, no crece ni mejora en la vida.  Jesús lo sabe y por eso se aparece “en medio de ellos”.  ¿Jesús es el centro de mi vida?  ¿O tengo a Jesús en una esquina de mi existencia?

 

         Porque si Jesús está en el medio, en el centro de nuestra vida, nos llega su Paz y nos visita su Espíritu.  Si Cristo no es central, perderemos la alegría que proclama el Evangelio: “y se llenaron de alegría”.  Tomás estaba fuera, seguramente haciendo otras cosas porque no tenía tanto miedo como los demás.  Por eso no pudo participar de esa gracia maravillosa.  De ahí surgieron sus dudas tan normales y tan humanas. 

 

Tomás, como todo israelita devoto conocía el verso del salmo: “este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”, pero con aquel “desplante” comenzó a flaquear: ¿El Señor me quiere realmente?, Él ha regalado su Presencia a mis hermanos, pero ¿y yo?  A mí, tal vez, no me ha alcanzado su misericordia…

 

         Su petición es la oración de todos nosotros, porque todos nosotros queremos tocar a Cristo y perforar sus llagas con nuestras manos.  No podemos criticarle. Es una oración que pide atención y la presencia del Señor.  Quiere sentir que la fuerza del Resucitado también lo abraza.  No desea quedarse en la soledad sin el amor del Señor.  Y esa petición es escuchada.  Jesús Pascual se presenta ante él y ante sus hermanos: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»   

 

         Aquellas palabras no eran un regaño, ni tampoco una advertencia.  Eran un elogio maravilloso que le decía: “¡nunca dudes de mi misericordia!”  ¡Este es el día en que estoy actuando en tu vida! Y soy todo para ti”.  ¡¡Dichosos los ojos que creen si haber visto, porque ellos se bañarán en las fuentes de mi misericordia!!

 

         Y de esa fuerza tremenda del saberse y del sentirse amado por Cristo, surgió un nuevo adjetivo para Tomás (y por supuesto para todos nosotros).  Ya no se le conocería como el “incrédulo o increyente”.  Ahora sería Tomás el orante, porque sus labios salieron esas palabras que adoran a Jesús Resucitado y Eucarístico en la Misa: “Señor mío y Dios mío”. 

 

Amén.

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